jueves, 6 de diciembre de 2012

Los dos pibes de la vereda

Ayer por la noche volvía hacia mi casa, en mi caminata nocturna, cuando cruzo a dos pibes parados al lado de una puerta de rejas.

A uno de ellos, que estaba estirando un poco la cabeza pues la casa era alta, le oigo preguntar: "¿Doña, tiene algo para comer?"

Como les cuento, 'los crucé' y les dije hola con un gesto y un saludo, que me respondieron. Caminé media cuadra más, e inmediatamente me volví (soy lento para pensar).

Llegué hacia ellos y les pregunté directamente: ¿Chicos, ya cenaron? Me contestaron que estaban esperando en esa casa. Les pedí que me aguardaran un ratito ahí, que volvía enseguida (mi casa quedaba como a cuatro cuadras). Y antes de irme, les pregunté: ¿Saben leer? Un SI unisono y seguro fué lo que obtuve.



Fuí a mi casa, recogí lo que tenía en mente y regresé, esta vez con mi hermano, que me acompaño. Por el camino él me decía que creía saber quienes eran los pibes, "los que piden monedas y luego se gastan todo en el ciber" y "son boca sucia", por lo que no aceptaba mucho mi idea de regresar, alegando que quizás ya ni estaban. No comulgo con la idea del ciber, ni un lado ni el otro.. yo personalmente no tenía un peso partido por la mitad hace años y me gastaba los pocos billetes que poseía en un ciber, de puro vicio a decir verdad; pero acá me tienen, apasionado por la informática y Analista Programador. Nadie puede saber si una acción, por más pequeña y mala que parezca, no es un semillita de un futuro mejor.

Pero volviendo al tema, los chicos efectivamente estaban ahí, y no eran los 'descriptos' por mi querido hermano. Les entregué una bolsa con algunas cosas para esa noche, y dentro dos libros de relatos, cuentos y poesía (los del plan Leer x Leer del 2005, Arg). Charlé unos minutos con ellos, y aproveché para preguntarles sus nombres (y presentarme) y si iban a la escuela; grata fué mi sorpresa al escuchar que eran compañeros de 7º grado, Fabián y Agustín. Les dije que sigan yendo, que después iban a poder tener sus cosas.

Como detalle, Agustín tenía en sus manos un sombrero muy bohemio, que noté en ese momento. Me despedí y volví a mi casa.

Y como le dije a mi hermano por el camino, lo más valorable de esa bolsa no era la comida, sino los dos libros. Quién sabe, una pasión puede nacer hasta en el más humilde de los corazones.